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        EL PROFESOR

Se ha visto al docto profesor que no entiende
hablar largamente de lo que no entiende.
Y se le ha visto sonreír con la elegancia de la marioneta
mientras movía cadenciosamente sus brazos.
El bello discurso, la paloma ligeramente pronunciada,
el acento picudo dejado concienzudamente caer un poquito más allá de la vocal,
el dibujo de la martingala, el fresco vapor desprendido de cada uno de sus ademanes,
todo, todo conjugaba decididamente con su sonrisa.
Porque el docto profesor que no entiende
sonríe cordialmente por las mañanas,
golpea a la tarde con gozo, sobre los omoplatos,
y por la noche, vestido con sus más delicadas jerarquías,
sabe decir con finura: «Oh, no, todos somos iguales».

Igual la paloma que el cántaro, el necio que el sabihondo,
el simpático que el asesinado,
el sabio que el agasajado con todo dolor,
el yo y el tú,
y sobre todo igual, igual el refrescado profesor de ignorancia
que el pedantículo inconfundible que esculpe o escupe concienzudamente todos sus sinsaberes.


Oh, miradle en lo sumo.
El flota y sonríe.
El adiestra y sondea.
El opone su duro caparazón lo mismo para las ideas que para los sentimientos.
Pero, oh, él es el duro, el durísimo, el riguroso, el conocedor y el erguido.

Y cuando su dedo índice os amenaza,
cuando lo esgrime como el polo remoto de su majestad el trueno,
se abate la sociedad, se lamentan los hombres,
el mar se embravece,
recorre un crujido los cimientos de los edificios,
la literatura abre sus grandes alas de paloma derruida,
y el profesor se adelanta.

Todo está a punto: el cataclismo entre sus dedos se exhibe.
El profesor lo señala:
«He aquí el viaje de lo que va a suceder.
Aquí está la desembocadura.
He aquí sus meandros, los arroyuelos; aquí afluentes y cauces.
Aquí la patata sembrada, el olivo, la cebolla o la rosa».
Y su dedo lo va estimulando.
«Todo está ya compuesto. He aquí el ramo de mi cataclismo.
He aquí el ramo perfecto.
Yo os lo ofrezco, señores, como la perfecta manifestación de mí mismo.
He aquí el ramo dichoso en mi mano para vuestra ilustración y disfrute».

Y su mano alarga un sobre vacío.

Y todos desfilan. «Oh, el profesor, el profesor.
Cómo se le nota sobre todo su rubia guedeja,
sus coruscantes, sus vertiginosos ojos azules,
y cómo le brilla antes que nada su deslumbradora sonrisa
entre unos labios de humo».

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. III. Ciudad viva, ciudad muerta