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        CIUDAD VIVA, CIUDAD MUERTA

Todo es así. Todo es vivir finando.
Oh, qué despacio va el vivir quemado,
vivir bajo las ropas abrasadas,
trajes pesados que se removiesen
entre un crujir de huesos extinguidos.
Solo sombras o escarnio nos saludan.
«Adiós, marquesa». «Adiós, Lulú bendita».
Pasa un obispo con sus hopalandas.
Una sonrisa dura sobrevive.
Hay una alondra cerca, desviada.
Una enorme lechuza cruza en sombras.
«Oh, señorita hermosa, la he mirado
toda cristal en el atardecer,
mientras mis dolorosas efusiones
hierven como un metal que recordase.
Oh, sí, hermoso es querer. Lo sé. Lo fundo.
Hermoso es el vivir bajo las vainas,
mientras los abatidos resplandores
en estertor postrero finan, finan».
Pasan los coroneles fundadores.
Las dulces abadesas trastornadas.
Niños de celofanes quebradísimos,
y en el confín se ve, se ve, desnudo,
un naipe triste que se pone y funde.

Oh ciudad hacia nunca, oh ciudad quieta.
Coronada de pájaros implumes,
roncas gargantas que la rematasen,
mientras huyen en negro sordas plumas.
Un enorme sombrero da una sombra.
Alguien micciona un agua amarillenta.
Enormemente quieta está cayendo.
¡Oh, la grandiosa plaza rebosando!

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. III. Ciudad viva, ciudad muerta