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        EL ENTIERRO

¡Qué difícil decirlo! Todos estáis cansados.
Sois los viejos señores del bolsillo aburrido.
Las extintas señoras, los niños adorables
y esos tirabuzones dorados sobre caras
pálidamente dulces como muertos exvotos.

Las mujeres se ponen
más que renuncia polvo, carmín, sueño torcido,
y una mano de trapo,
de delicada seda nacarina,
resbala en raso o viso, gime, adorna
y frunce ropas como el humo ido.

Todo se fue. Vosotros
los hombres bien forrados,
en gruesos almohadones vais siguiendo
la procesión del muerto. ¿Cuál su nombre?
Nadie lo sabe. ¿Todos
sois ya ese muerto? Puede.
Mas vais pasando como sombra densa
tras ese coche donde gime el muerto.

Aún hay coronas. Violetas, restos
de un mundo escarnecido o ya olvidado.
La memoria, flor mustia
que silenciosamente vais llevando.

Bien muerto está lo muerto y lo más muerto.
Aunque un ojito triste
suplique. Acaba pronto.
Ah, qué lenta termina
la muerta muerte escarnecida. Pobre,
pobre muerto el mortal.

Señoras, caballeros: los difuntos
en pie pasan sonrientes,
mas estereotipadamente sonriendo.
Ah, su sonrisa dura...
dura porque su estampa se murió.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. III. Ciudad viva, ciudad muerta