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        SEGUNDO PAR
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A Lines Hierro.

Vida

Es posible que sea... Es la misma. Miradla.
Pasa despacio ahora —es hoy— por esa calle en cuesta.
Tiene ese mismo pelo rubio; graciosos son los rizos; no queman, pero brillan.
No es el atardecer; el día aún levanta.
Fino es el rostro. Bajo el brillar o el crepitar, pues arde
sin abrasar, descansa
la frente. Que es tersa aún, mas levemente
vivida. Vividera, porque a vivir dispuesta.
Allí los pensamientos ofrecen suave guarda, clausura, paz cobrada
y solo en esos ojos casi de verde mar aire ventilan.
Ojos de mujer joven
que efunden más que luz verdad, y miran claros.

Ella nunca está sola. Aquella, antaño,
acabó en el chapín o en viento efímero.
Esta consta, constante, en pie o hablando, o velando, o cuidando: siendo.
Su mano blanca, se fatiga: ayuda.
Ella, mucho más que la luz, es sombra. La que hace el hombre, o la que al hombre guarda.
A esta paz él trabaja. Es posible: con pluma. Y ella tiene la boca presta

no tanto al beso cuanto a la voz caliente, y esos labios se callan
mientras las manos tejen otro silencio para unos gritos jóvenes.

Porque la delicada mejilla, enjuta aún cual de niña
tenaz, y estos graciosos pómulos levemente apuntados,
como el cuello gentil o el busto agraz y su cintura, límite
dan a una vida que no está sola, y vidas
de ella fluyeron hacia una mar constante. Fue manantial y es cauce.
Ribera, y granas flores, y a veces, cuántas veces, fue las mismas espumas.

Los niños. Bella palabra. Niños. Y el hombre. Y ella es muy frágil.
¿Es el laurel el que se enrosca al tronco? ¿O es la pared, el muro vivo,
lo que sostiene el seto? ¿El espaldar reclina su verdor
y flor exhala, o es la tierra
en fin la que sostiene muro y flores?
Ahí, ella graciosa, con risas, con seriedad, alza a sus hijos,
y aún queda una mirada para el esposo, y álzalo
a más fe, más verdad: Vedle ahora erguido.
José, tu nombre lo es por ella. Y Juan, si así te llamas: ella
te bautiza. Y esas aguas que corren, niños vivos,
menudos o reales, rientes, crujidores, desembocan
por ese cauce hacia la mar temprana.

No digáis: «¿Cuál su nombre?» Esbelta en pie, a la puerta está esperando.
Sombra rubia o luz rubia. Es una intimidad, un dentro,
más en silencio aún. Penumbra es toda.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. VI. Retratos anónimos