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        TERCER PAR
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Óleo

Es la infancia, se sabe, una visión moderna.
Las luces son para todos lo mismo, pero a veces destellan
más vivas sobre un pelo incipiente, que estalla en rosas claras,
sorprendidas, si en un óleo residen.
¿Cómo es posible que, asestadas, dispersas, aún duren y nos cieguen?
Ese cabello es claro. La claridad es orden, y en él reside el júbilo.
Ese niño iba oscuro por un lóbrego espacio,
acaso era una cámara, quizás un corredor, tal vez era más lóbrego:
un muro y dos ojuelos, si bellos, apagados.
La luz negra no existe, pero aterida a veces luce
naciente en unos ojos de un niño entristecido.
Este que veis aquí parado al fin de la pared callada,
¿nunca fue niño? ¿Lo era entonces? Un niño sin infancia.
Un grave niño de España, en negras sedas.
Con un rubí solo en el pecho: no luz, mas sangre, y muda.

El ha visto en palacio —porque sin duda es donde corre, oh, no,
donde muy lento pasa gravemente—; él ha visto en palacio
—porque solo los niños de un linaje cierto
posan así para el pintor que adula—;
él ha visto las luces de noche, las garzas matinales, arreos de guerra, cascos
y plumas, los colores, los gayos arrequives de sus desfiles quietos.
Y ha extendido esta mano que se adelanta entrando en nuestro tiempo;
que apunta a ti, se acerca, te espanta. ¡Oh, el niño intruso!
Y ha dicho entonces, ah, entonces: «Quiero, puedo».
El niño no es nervioso. Acaso ha paseado por el salón, en orden.
El niño, siete años, setenta, setecientos. El niño
es una raza cansada que exangüe mira por esos ojos fatigados,
por ese rostro... Su porte nada dice de infancia. Lleva espada,
gorguera, un guante ilustre. Sus ojos ahí se miran
con pesadumbre, ciencia acaso; más; hastío.

Al fondo está esa puerta por donde el viento pasa, y vuelve.
Algo apenas ondula. El muro, sombras.
La luz da en ese pelo partido. El labio, ¿es rojo?:
tocado por un viso que es gris, el rosa es débil.
Como el aliento mismo, que, ahí sí, se siente vivo.

Este niño ha pasado despacio. Detenido un instante,
quedose. Y con vago ademán alza su brazo, apunta, sueña,
quizá se burla, señalando a quien mira, desde su ayer, que es hoy. Y no hay
sino cansancio. Ah, si el pintor
volviera y lo intentara
pintar, un viejo sin edad súbitamente ante el pincel mirase.

autógrafo

Vicente Aleixandre


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Cap. VI. Retratos anónimos