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        LOS ÚLTIMOS ÉNFASIS

A Octavio Rafael Neri

        POEMAS PENINSULARES

        IRAIDA REGINA BLANCO

Iraida: Estoy pensando en el navío
que trajo por los mares a tu abuelo y al mío.

Dos hermanos; el mismo
cuento: bolsa sin blanca, papeles de bautismo,
la locura de un siglo metida en un sombrero,
tres partes de demonio y una de rezandero.
Fueron del primogénito señorío y solar,
pero los segundones tienen Flandes y el mar,
y ambos fueron a Flandes y volvieron acaso:
ni un doblón en la bolsa, pero vino en el vaso.
Después, riñas y amores en Sevilla y Toledo,
por aquellas callejas donde se pierde el miedo.
Y al fin izó las velas en Cádiz el navío
que trajo por los mares a tu abuelo y al mío.

Vinieron de la guerra hacia la guerra,
que era un cambiar de luchas aquel cambiar de tierra.
Llegaron a una playa, no llegaron a un puerto,
pero sobraba tierra para sembrar el huerto
y al campo bueno echaron la semilla
—limones de Granada, claveles de Sevilla...—

¡Cómo alzaban, Iraida, hasta los cielos,
la voz del Sembrador, nuestros abuelos!
El tuyo trajo para la aspereza
del surco gris la Flor de la Belleza,
y el Árbol fue, y surgió de los despojos
del aventado fruto la floresta
y en lo más alto de la copa enhiesta
seleccionó el ocaso la aurora de tus ojos.

¡El mío se perdió por los caminos
hacia el Oriente, Iraida, que es la vida!
Y allá siguió retando sus molinos,
detrás de los carneros de la cuarta salida.
Pero ocurrió que un día le cayó entre las manos
un pájaro vencido por cien vuelos lejanos
y la mano callosa de manejar la espada
floreció de algodones para el ave cansada.
Y el viejo capitán, desde ese día,
fue tras las aves a aumentar su cría,
que es santo oficio cultivar el vuelo,
porque ir haciendo alas es ir ganando el cielo.

Ya te he contado cómo los hermanos errantes
cultivaron sus tierras en dos huertos distantes.
Los dos vinieron en la misma nave:
el tuyo sembró un árbol y el mío salvó un ave.

Y ahora vengo yo, tal vez dolido
del huracán que me malogra el nido
y al llegar a la copa que el aire despereza,
donde Tú eres la flor de la Belleza,
siento una calma familiar en ella,
se me abre un nido en su follaje blando
y al calor generoso de tus ojos de estrella
canto una vez, para seguir volando...

1925.



Andrés Eloy Blanco


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